Hasta que la muerte nos separe



La máquina de escribir sonaba y sonaba, con aquel traqueteo tan característico. Iria Costa escribía un artículo para el periódico en el que trabajaba.
El piso apestaba a estrafalariedad, pero de una manera en la que una alfombra india pegaba con una mesita de café digna de la reina de Inglaterra.
Iria le sonreía al papel que tenía enfrente. No porque le gustara su trabajo, ella lo detestaba con todo su ser, pero si por una serie de pensamientos que se iban a volver realidad al cabo de unas horas.
Bebió de su infusión de menta poleo con una sonrisa en los labios.
La mesa en la que yacía la máquina de escribir estaba repleta de cachivaches y basura. Desde libros sobre física cuántica hasta envoltorios de turrón de chocolate, todo formando un caos, pero ante todo un desorden controlado. Cada objeto estaba en un lugar por un motivo determinado que solo Iria conocía.
Cuando al fin acabó el artículo, se levantó de la butaca de terciopelo azul y se dirigió hacia la radio. La encendió. Sonaba Daft Punk. La chica ensanchó más su sonrisa al oírla.
- Tu canción favorita, Francisco! - exclamó emocionada hacia el hombre sentado en el sofá, justo enfrente de ella.
Iria tarareó alegremente mientras se adentraba en su vestidor. Buscó su vestido, el hermoso y caro vestido que se había comprado solo para la ocasión. Se lo acercó a la nariz. Le encantaba como olía, a una mezcla entre nuevo y lavanda.
Se lo puso.
Fue al baño. Allí se soltó su melena castaña y se peinó bien, para luego hacerse un hermoso moño agarrado con flores de plástico.
Después de maquillarse era la novia que siempre había querido ser.
Se acercó a Francisco con una corbata y, sentándose en su colo se la puso, cubriendo la mancha de sangre que tenía en la parte baja de la garganta.
- Estás guapísimo - le dijo Iria mirándole a los oscuros y vacíos ojos. Cogió las gafas de sol que estaban a su lado y se las puso a su marido.
Le ayudó a ponerse en la silla de ruedas. El pobre hombre después de un accidente de coche hace mucho tiempo había quedado sin piernas. Entonces se dirigieron a la salida.

La luna reflejada en el Oceáno Atlántico quedaba realmente hermosa. Como siempre el mar estaba alborotado.
Iria y Francisco se dirigieron silenciosamente hasta los acantilados. La vista era preciosa desde allí. El faro de la ciudad le daba un aire misterioso a todo aquello.
No había absolutamente nadie, solo ellos dos. Iria dirigió la silla de ruedas hasta el acantilado que más se adentraba en las aguas.
Cuando llegó al borde se sentó con las piernas cruzadas frente a Fracisco. Escrutó el rostro de su marido unos instantes.
- Lo prometimos… hasta que la muerte nos separe, verdad? Yo no quería que ella nos separara tan pronto… Sabes que fue un accidente, cierto? Yo no quería clavarte el cuchillo en la garganta, solo hacerte escarmentar un poco… Porque sabes que lo que hiciste estuvo muy mal, verdad? No está nada bien engañar a tu amada mujer con una furcia rastrera de la calle - por un momento su tranquila voz se envolvió de furia, pero se volvió a controlar un segundo después - Hasta que la muerte nos separe… No, no nos separará. Tu ya me has perdonado, yo lo sé. Tú me querías, aunque no me lo dijeras. Tú me amabas, estoy segura. - tragó saliva y miró de reojo el rabioso mar - Te acuerdas de nuestra boda? En ese tiempo no podíamos permitirnos estos trajes… Estás muy elegante, por cierto - Iria oyó en su cabeza que Francisco alababa su belleza aquella noche, y sonrió, pensando que lo que pasaba era real - No ves? Por eso tenemos que estar juntos… Estamos hechos el uno para el otro! Hasta que la muerte nos separe… y nos vuelva a unir - entonces Iria empujó la silla de ruedas hacia el precipicio, antes de lanzarse ella también con la gracia de una gacela hacia las tormentosas aguas.

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