Alma

En ese momento, la chica cayó rendida en el suelo, con un puñal clavado directamente en el centro del corazón.
De sus ojos brotaban lágrimas saladas del tamaño de guisantes. En ese instante ni siquiera recordó su papel de chica dura, la que nunca llora y le es indiferente todo.
Miró a sus pies. Era ella. No su cuerpo, sino su alma. Se sintió vacía, completamente hueca.
No pudo volver a mirar a Jaime, su adorado Jaime, que estaba a unos diez metros delante de ella, en aquella cafetería en la que Natalia había estado tantas veces. A su lado estaba una completa desconocida, rubia, de ojos azules y con hoyuelos en las mejillas y barbilla. Casi sintió a cámara lenta como poco a poco le insertaban ese cuchillo invisible en lo más profundo de su alma, al parecer disfrutando de cada gota de esa sangre inexistente que le brotaba del pecho. La vida no tuvo piedad, y para asegurarse que Natalia moría enteramente hizo que viera como acto seguido, el chico de sus sueños besaba a ese horrible ser, que era repugnantemente hermoso a la vez. Entonces fue como si le sacaran el puñal con fiereza y se lo volvieran a clavar con más fuerza y rapidez que antes.
Estaba muerta.
Natalia se sentó en un saliente de un local cerrado, porque temía desfallecer tal y como lo había hecho su alma. La sintió en los pies, agarrándose con todas sus fuerzas al cuerpo al que pertenecía. En cualquier otro momento hubiera sacado fuerzas para al menos cortar la hemorragia de su pobre y moribundo espíritu, pero no. Hasta dudaba en acabar con su sufrimiento de una vez, y desaparecer. Eso es lo único que quería ella, la paz absoluta.
Cuando su ella tirada en el suelo paró de sangrar un poco y la chica dejó de atragantarse con sus lágrimas miró a su alrededor. Jaime y su zorra ya no estaban. Menos mal que el destino se había apiadado de ella al final: verlos una vez más hubiera sido como arrancarle las entrañas y hacérselas comer. Luego se fijó en la gente, que la veía con los ojos negros por el maquillaje corrido y la cara hinchada y roja, pero pasaban como si fuera una indigente, sin mostrar un mínimo de piedad.
Entonces se levantó bruscamente, sobresaltando a algunos de los peatones. Se sacó los tacones y echó a correr, con el alma serpenteando agarrada a sus tobillos.
Recordó como, casi un año atrás, había visto a Jaime en su clase. El chico había repetido, y aunque habían estado dos cursos más en el mismo instituto que ella Natalia nunca se había fijado en él hasta ese momento. Su alma gimió desconsolada cuando se le vinieron a la memoria los lunares de su mejilla izquierda, el diente ligeramente torcido que solo se veía cuando sonreía o como ponía la cara justo antes de decir algo gracioso. También le pasaron por los ojos como apoyaba su rostro en la mano en clase de Sociales, o su manera de avergonzarse cuando le echaban la bronca en clase.
Sonrió al pensar que había tardado casi dos meses en tener el valor suficiente como para hablarle sin titubear. Le había costado mucho, pero aún así no se arrepintió de hacerlo. Cuando le ofreció un poco de la lata de Coca Cola que había comprado, y el se la rechazó amablemente porque no le gustaban los refrescos, sintió como su suerte empezaba a cambiar.
Los siguientes meses fueron fabulosos. Era amiga de Jaime, y probablemente la chica que le caía mejor de clase. Aunque Natalia no era la más guapa, si que tenía un encanto que hacía que la mayoría de los chicos se interesaran por ella, y aunque Jaime nunca lo verbalizó se notaba que la apreciaba.
Cuantas veces se habían reído juntos? Si no hubiera visto lo que vio, el alma de Natalia habría mejorado considerablemente recordando todos esos momentos con el chico que tantas sonrisas le sacaba, pero esta vez no hizo más que empeorarlo. Todo había sido un terrible engaño. Solo se había imaginado esas cosas, él nunca la querría y sólo era alguien más para él, que podía sustituírse fácilmente por cualquier tía fácil con buena facha.
Llegó a la pasarela. Había cruzado cientos de veces por ahí, yendo al instituto y volviendo de él, con un solo rostro en mente. El de ese chico por el que moría. El cuerpo se paró en seco entonces, y fue el alma que, aún arrastrándose por el suelo le obligaba a avanzar. Miró a la abarrotada carretera, donde los coches zumbaban para llegar más rápido a sus aldeas. A la derecha se veía su instituto. Donde había empezado todo. Que gracioso que también todo acabara allí.
El alma de Natalia se puso con mucho esfuerzo de pie, agarrándose a la barandilla. Su ser ya estaba muerto, y de qué servía un cuerpo vacío? El también también tenía que morir.
Justo cuando iba a saltar, una voz de hombre completamente desconocida chilló a sus espaldas.
- Espera!
Si su cuerpo no hubiera reaccionado instintivamente, todo se hubiera acabado. Pero aún no era su hora. Ese hombre, el que la hizo razonar cuando estaba a punto de entregarse a las garras de la muerte, era el verdadero hombre de su vida. Aquel que, en los meses siguientes a su intento de acabar con todo curó el alma de la chica con esmero y cuidado, hasta que esta le acabó perteneciendo hasta los últimos de sus días.

Comentarios

  1. Me gusta mucho tu forma de transmitir lo que sientes y la manera positiva como canalizas tus emociones...Serás una gran escritora aunque no te dediques a ello

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