Bang!

- Ey! Qué haces? - le gritó María desde el sofá a su mejor amiga, que se encontraba de espaldas en el fondo de la cocina. Susana no respondió y siguió moviendo la cubertería de la casa de su compañera - Qué te pasa? Ven, va a empezar la película! - Tardó unos instantes, pero Sue se dio la vuelta girando los tobillos muy lentamente. Tenía el rostro muy serio y le dirigió una mirada con un frialdad macabra. María se levantó, sorprendida, mientras su amiga alzaba los brazos y le apuntaba con una pistola.
- No! - y disparó tres veces. La chica no tuvo tiempo para reaccionar. Dos le dieron en todo el estómago y uno en el centro de la frente. Al ver como María gemía y caía en el sofá del que recién se había levantado, el semblante de Susana se relajó.
Fue andando lentamente hacía ella. Al parecer sus disparos no habían sido tan certeros; la chica aún gemía y se retorcía.
- Oye, te he dado en la frente. No tienes por qué hacer el paripé, deberías haber muerto directamente.
- Mentira, no me alcanzaste a dar - se oyó decir a María con la voz apagada por el roce con el sofá.
- Ah, no? Tía, tengo una puntería espectacular, si no te di en la frente te habré volado los ojos o algo así, y morirías igual. - bufó Susana, obligando a que su amiga se diera la vuelta. Tenía una mancha violeta justo en el medio de los ojos - Mientes como una bellaca.
- Pf, la primera y última vez que hacemos esta tontería! Me duele el estómago - se enderezó para ver las dos manchas moradas que tenía en la blusa blanca. - Genial, se me olvidó cambiarme de ropa.
- Cállate María! Te van a oír. Y desde cuando los muertos se quejan de que se les ha manchado la ropa? - le gruñó Susana, haciendo que se recostara de nuevo en el sofá. Entonces la chica miró por la ventana y vio lo que esperaba ver. La horrible vecina de María miraba atónita hacia la casa: lo había visto todo. Tenía el teléfono en la mano. Entonces Susana se giró hacia ella y la apuntó con su pistola de paintball. La señora se asustó muchísimo y salió corriendo hacia el interior de su casa. Si la vecina hubiera visto alguna vez una pistola real, no habría tardado en diferenciarla con la que tenía la chica, pero estaba tan asustada que ni se fijó en ello.
Cuando se fue, Susana bajó las persianas y fue a esconder la pistola bajo el colchón de su amiga. María, en cambio, se cambió la camiseta. Las dos se reunieron para ver la película tranquilamente en el sofá.
No tardó en llegar la policía. Tocaron con firmeza en la puerta y Susana se levantó del sofá para abrirles. La vecina se encontraba con ellos.
- Es ella, es ella! - chilló como una poseída. La joven no pudo reprimir una sonrisa de suficiencia al verla tan histérica.
- Soy yo, soy yo! - la imitó con burla Susana. Antes de los agentes la empujaran bruscamente, la chica se apartó para dejarlos pasar.
- Como es la chica que ha visto morir, Sra. López? - preguntó el que parecía con más autoridad.
- Emm... Morena, con el pelo rizado negro. Llevaba unas gafas cuadradas negras...
- Y medía un metro sesenta y pocos, de unos catorce años - terminó María desde el sofá, comiendo palomitas y sin apartar la mirada de la televisión.
- Es ella! - chilló la Sra. López, pestañeando varias veces antes de desmayarse.
Eso hizo que María no pudiera resistir la tentación de darse la vuelta a mirar el panorama. El agente ayudaba a la anciana que acababa de desplomarse, Susana tecleaba en su móvil con descaro para sorpresa de los demás policías, que se habían quedado quietos en la entrada de la casa.
- Entonces... no hay asesinato? - preguntó un policía rompiendo el silencio.
- Claro que no. La Sra. López tiene un problema. Está un poco... Como decirlo sin que suene ofensivo? - explicaba con desparpajo Susana.
- Chalada - terminó sonriente María.
- Seguramente los ha llamado más veces, no sería nada extraordinario - continuó Susana - Bombas en buzones, acosadores registrándole la basura - se tomó un momento para recordar cada una de las fechorías que había hecho con su amiga - no se la tomen muy enserio, desde que su marido la dejó por una chica de veinte años ve cosas raras por todas partes - el policía asintió, mirando a la señora que se despertaba poco a poco, pero que estaba lo suficientemente consciente como para chillar maldiciones a diestro y siniestro.
Al rato todos se fueron, dejando a Susana y a María solas. Los esfuerzos habían valido la pena: se libraron de la horrible vecina por un tiempo.

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